J. G. BALLARD
El tiempo de los muertos
Sin aviso, como si trataran de confundirnos, los japoneses
que custodiaban nuestro campo habían desaparecido. Desde las
puertas abiertas del campo, con un grupo de internados, miré
casi hipnotizado el camino desierto y los canales descuidados
y los arrozales que se extendían por todos lados hasta el
horizonte. Habían abandonado el cuartel de la guardia. Los
dos centinelas japoneses que generalmente me echaban cada vez
que intentaba venderles cigarrillos, habían dejado sus
puestos y huido con el resto de la policía militar a sus
cuarteles de Shanghai. Todavía se veían claramente las
huellas de los neumáticos de los vehículos en el polvo entre
los pilares de los portones.
Quizá bastase esta insinuación de la presencia de los
japoneses que nos habían encarcelado durante tres años para
disuadirnos de atravesar la línea que nos separaba del mundo
silencioso que había fuera del campo. Nos quedamos juntos en
la puerta, tratando de alisarnos las ropas andrajosas y
escuchando a los niños que jugaban adentro. Detrás del primer
bloque de dormitorios varias mujeres colgaban la ropa que
habían lavado esa mañana, aparentemente satisfechas de
comenzar la rutina de otro día en el campo. ¡Pero todo había
terminado!
Aunque yo era el más joven del grupo --entonces sólo
tenía veinte años--, me adelanté impulsivamente y caminé
con
naturalidad hasta el centro del camino. Cuando me volví hacia
el campo todos los demás me estaban mirando. Sin duda temían
que pudiese llegar un disparo de algún lado. Uno de ellos, un
ingeniero consultor que había conocido a mis padres antes que
la guerra nos separase, alzó la mano como para indicarme que
me pusiera a salvo.
El zumbido tenue de un avión norteamericano atravesó la
orilla desierta del río a casi un kilómetro de distancia.
Voló directamente hacia nosotros, a no más de treinta metros
por encima de los arrozales; el joven piloto se asomaba sobre
los controles para mirarnos. Entonces hizo balancear las
alas, saludándonos, y cambió de rumbo hacia Shanghai.
Los demás, al recuperar la confianza, me rodearon de
pronto, riendo y gritando mientras bajaban por el camino. A
seiscientos metros de distancia había una aldea china,
parcialmente oculta por los bultos erosionados de los túmulos
funerarios construidos sobre los terraplenes que separaban
los arrozales. Ya habían llevado al campo unas provisiones
considerables de cerveza de arroz. A pesar de nuestra
cautela, no éramos los primeros internados en salir. Una
semana antes, inmediatamente después de la noticia de la
capitulación de los japoneses, un grupo de marinos mercantes
había trepado por la valla detrás de su bloque y caminado los
doce kilómetros hasta Shanghai. Allí habían sido apresados
por la gendarmería japonesa, retenidos durante dos días y
devueltos al campo después de una cruel golpiza. Hasta el
momento todos los que habían llegado a Shanghai --ya fuese en
busca de parientes, como en mi caso, o tratando de controlar
sus negocios-- habían encontrado el mismo destino.
Mientras caminábamos a zancadas hacia el pueblo,
volviéndonos de vez en cuando para mirar las curiosas
perspectivas del campo que se alejaba a nuestras espaldas,
observé los arrozales y los canales que se extendían a ambos
lados del camino. A pesar de todo lo que había oído en los
informativos de la radio, aún no estaba seguro de que la
guerra hubiese terminado. Durante el último año habíamos
escuchado más o menos abiertamente las diversas radios que
habíamos logrado introducir en el campo, y habíamos seguido
el avance de las fuerzas norteamericanas sobre el Pacífico.
Habíamos oído relatos detallados de los ataques nucleares --
Nagasaki estaba a poco más de setecientos kilómetros de
nosotros-- y el inmediato llamado del Empeador a la
rendición. Pero en nuestro campo, doce kilómetros al este de
Shanghai en la boca del Yangtsé, poco era lo que había
cambiado. Grandes cantidades de aviones norteamericanos
atravesaban el cielo sin encontrar resistencia y sin
participar ya en acciones ofensivas, pero pronto nos dimos
cuenta de que ninguno había aterrizado en el aeropuerto
militar contiguo a nuestro campo. Cantidades decrecientes
pero todavía considerables de tropas japonesas ocupaban el
paisaje, patrullando el perímetro del campo de aviación, las
vías del ferrocarril y las carreteras a Shanghai. La policía
militar seguía custodiando nuestro campo, como garantizando
nuestra prisión durante cualquier posible período futuro de
paz, y mantenía poco más que su habitual distancia de los dos
mil internados. Paradójicamente, la única señal positiva
era
que después de haber hablado por radio el Emperador no
habíamos recibido alimentos.
El hambre, precisamente, era la principal razón por la
que yo había salido del campo. En la confusión que siguió
a
Pearl Harbor las autoridades de la ocupación japonesa me
habían separado de mis padres y me habían encarcelado en una
prisión militar en el centro de Shanghai reservada para
varones nativos aliados. Dieciocho meses más tarde, cuando
comenzaron los bombardeos norteamericanos, cerraron la
prisión y desparramaron a los prisioneros al azar entre la
multitud de campos de concentración grandes para familias con
hijos construidos en la campiña que rodeaba a Shanghai. Mis
padres y mi hermana pequeña habían pasado la guerra en otro
de esos campos, unos treinta kilómetros al oeste de la
ciudad. Aunque probablemente estaban en tan malas condiciones
como yo, tenía la certeza de que una vez que los encontrase
todo andaría bien.
--Parece que se han ido. Deben haberse llevado todo de
la noche a la mañana.
En la entrada al pueblo el hombre que iba a mi lado,
propietario de un garaje en Shanghai, señaló las casas
abandonadas. Recuperando el aliento después de la apresurada
caminata, miramos las calles vacías y las ventanas cerradas.
No se veía un solo chino, a pesar de que la tarde anterior
habían estado haciendo un trueque ventajoso con grupos de
internados del campo, traficando cerveza de arroz por
relojes, zapatos y estilográficas.
Mientras los demás conferenciaban, yo me escabullí hasta
las ruinas de una fábrica de cerámica en las afueras del
pueblo. Suponiendo tal vez que los hornos eran algún tipo de
instalación militar, los norteamericanos habían bombardeado
repetidamente las intalaciones. Algunas de las construcciones
quedaban todavía en pie, pero los patios estaban cubiertos
por miles de pedazos de loza destrozada. Misteriosamente,
parecían haber sido clasificados en varias categorías de
vajilla. Caminé sobre una alfombra de cucharones de porcelana
para sopa, muy consciente del hecho de que el único ruido que
se oía en todo el paisaje venía de mis pies.
Que los pobladores se hubiesen ido tan repentinamente,
después de todos sus esfuerzos durante la guerra, sólo podía
significar que los había asustado algo que, estaban seguros,
iba a ocurrir en las inmediciones. Durante el último año se
habían apegado a nuestro campo, vendiendo algunos huevos a
través de los alambres de púas y luego, cuando ellos mismos
empezaron a pasar hambre, tratando de meterse por las cercas
para robar los tomates y las raíces que los internados
cultivaban en cada metro cuadrado de tierra desocupada. En
una época habíamos reclutado a los guardias japoneses para
que nos ayudasen a fortalecer el alambre e impedir así la
entrada de esos ladrones. En los últimos meses, el círculo de
viejos hambrientos o enfermos que se plantaba delante de las
puertas del campo --jamás dejamos entrar a alguno, y menos
aún alimentarlo-- crecía todos los días.
Sin embargo, por algún motivo, se habían ido todos.
Cuando volví del perímetro de la fábrica mis compañeros
estaban discutiendo cuál sería la mejor ruta para llegar a
Shanghai a traves de los arrozales. Habían saqueado varias de
las casas y estaban ahora sentados en las pilas de cacharros
rotos con botellas de cerveza de arroz. Recordé los rumores
que habíamos oído acerca de que los japoneses planeaban,
antes de rendirse, masacrar a sus prisioneros civiles.
Miré por el camino hacia el campo, consciente de su
curiosa mezcla de vulnerabilidad y seguridad. El tanque de
agua y los bloques de cemento de tres pisos de altura
parecían brotar de las hileras de túmulos funerarios. El
campo había sido una escuela secundaria china. Habíamos
llegado después del anochecer, y yo nunca lo había visto
desde afuera, como no había entrado nunca físicamente en el
paisaje que rodeaba el campo y que había sido una parte
íntima de mi vida todos esos años.
Escuché la discusión cada vez más aleatoria de mis
compañeros. Además del ingeniero consultor y del propietario
del garaje había dos marineros australianos y un cantinero de
hotel. Yo ya estaba seguro de que ellos no tenían idea de los
riesgos que enfrentaban, y que mientras me quedase con ellos
nunca encontraría a mis padres. Su única intención era
emborracharse en la mayor cantidad posible de las docenas de
pueblos que nos separaban de Shanghai.
Pero cinco minutos después de dejarlos, mientras
regresaba por el camino hacia el campo, oí el ruido de un
camión militar japonés que se me acercaba por detrás.
Soldados de la gendarmería armados se recostaban sobre la
cabina, encima del conductor, custodiando a mis cinco
antiguos compañeros, que iban sentados en el suelo, a los
lados de la puerta trasera. Las caras de mis compañeros
tenían ese aspecto ceniciento y átono que se ve en los
rostros de los hombres que han sido despertados bruscamente.
Sólo uno de ellos, un marinero australiano, levantó la mirada
de las muñecas atadas y me clavó los ojos, como si no pudiera
reconocerme.
Yo seguí caminando hacia el campo, pero el camión se
detuvo delante de mí. Ninguno de los soldados me habló ni
siquiera me indicó por señas que subiese, pero yo ya sabía
que no nos llevaban de vuelta al campo.
Sin pensar, tuve un repentino presentimiento de muerte,
no de la mía sino de la de todos los que me rodeaban.
Durante los tres días siguientes nos tuvieron detenidos
en
los cuarteles de la gendarmería dependientes del campo de
aviación militar, donde habían concentrado a algo así
como un
centenar de pilotos aliados derribados durante los ataques
aéreos con la intención de disuadir a los bombarderos
norteamericanos de ametrallar los hangares y las pistas. Para
mi alivio, no nos maltrataron. Los japoneses estaban por allí
sentados, indiferentes, sin mostrar ya ningún interés en
nosotros y mirando con ojos melancólicos los aviones
norteamericanos que atravesaban el cielo sin cesar. Ya
arrojaban víveres con paracaídas en nuestro campo. Desde la
ventana de nuestra celda veíamos los doseles coloreados que
caían pasando por delante del tanque de agua.
Era evidente que la guerra había terminado, y cuando un
sargento de gendarmería nos sacó de la celda y nos ordenó
presentarnos en la plaza del cuartel, di por sentado que nos
iban a liberar a las puertas del campo de aviación. En
cambio, nos hicieron subir al mismo camión que nos había
traído y nos trasladaron bajo custodia hasta la cercana
estación de ferrocarril que servía como base militar en la
línea Shanghai-Nankín.
Primero en saltar del camión, miré alrededor los
arruinados edificios de la estación; era evidente que el
último tren se había detenido allí hacía por lo
menos dos
meses. Fuera de los aviones que pasaban por encima, el
paisaje seguía tan desierto como el día de nuestra abortada
fuga. Se veían en todas partes desechos de guerra: camiones
oxidados, un arrozal utilizado como basural para gomas de
vehículos gastadas, una hilera de zanjas parcialmente
anegadas por el agua que llevaban hacia un pequeño estadio de
fútbol algo apartado de la carretera, un fortín cubierto de
bolsas de arena agujereadas que se levantaba a la entrada de
la estación. Pero los chinos se habían ido, desocupando el
paisaje como si hubieran finalmente decidido abandonarnos a
nuestros propios recursos, al fin inútil que quisiéramos
darnos.
--Parece que vamos a jugar al fútbol --gritó uno de los
marineros australianos, dirigiéndose a los demás, mientras él
y yo seguíamos a los tres guardias hacia el estadio.
--Algún truco publicitario para la Cruz Roja --comentó
alguien--. Luego asegurémonos de que nos lleven de vuelta al
campo.
Pero yo ya veía el interior del estadio, y comprendí
que, pasara lo que pasase, no jugaríamos al fútbol. Subimos
por el túnel de cemento que llevaba al campo, un círculo de
hierba amarillento en cuyo centro había dos camiones
detenidos. Los japoneses habían utilizado parte de las
tribunas vacías como depósito, y varios soldados patrullaban
las gradas, allí arriba, custodiando lo que parecía una pila
de muebles robados. Junto a los dos camiones había un grupo
de militares elegantemente uniformados, esperando que nos
acercásemos. Al frente estaba un joven intérprete eurasiático
de camisa blanca.
Mientras caminábamos hacia ellos miramos el suelo a
nuestros pies. Tendidos en la hierba marchita había unos
cincuenta cadáveres, dispuestos en pulcras hileras, como si
alguien los hubiera ordenado con notable cuidado y devoción.
Todos estaban completamente vestidos y yacían con los pies
hacia nosotros, los brazos a los lados, y por la brillante
palidez de los rostros de esa gente supe que, quienesquiera
que fuesen, habían muerto hacía muy poco tiempo. Me detuve al
lado de una joven monja con hábito completo y toca cuya boca
ancha apenas empezaba a adquirir el rictus de muerte. A sus
lados, como miembros de su rebaño, había tres niños,
las
cabezas ladeadas como si se hubieran quedado dormidos antes
de morir.
Avanzamos despacio entre los cadáveres, bajo la mirada
de los soldados japoneses y el joven intérprete, y los
centinelas que vigilaban los muebles de las tribunas. Fuera
de dos chinos de edad madura, un hombre y una mujer tendidos
uno al lado del otro y que podían ser marido y mujer, todos
eran europeos o norteamericanos, y por el grado de deterioro
de sus zapatos y de sus ropas daban la impresión de ser
internados como nosotros. Pasé por delante de un hombre
grande de pelo rojizo y pantalones cortos de color marrón con
una herida de bala en el pecho, y una anciana con un vestido
estampado que había recibido un disparo en la mandíbula, pero
a primera vista ninguno de esos cuerpos presentaba señales de
violencia.
Delante de donde estaba yo, a menos de diez metros, uno
de los soldados japoneses movió el rifle. A mis espaldas, mis
compañeros retrocedieron involuntariamente. El propietario
del garaje tropezó contra mí, y por un momento se apoyó
en mi
hombro. Escuché el sonido de un avión norteamericano que
pasaba por encima; el cuenco de cemento del estadio
amplificaba el ruido del motor. Parecía una locura que
fuésemos a morir fusilados diez días después de haber
terminado la guerra y ante los ojos de nuestros salvadores,
pero yo ya estaba convencido de que no moriríamos. Al mismo
tiempo volvía a tener el mismo presentimiento de muerte que
había percibido, inexplicablemente, antes de nuestro arresto.
Uno de los oficiales japoneses, de uniforme completo
bajo una capa para la lluvia, dijo unas breves palabras. Noté
que a su lado había una pequeña mesa de juego sobre la que
descansaban dos cestas de mimbre en las que había botellas de
saki y paquetes de arroz hervido envuelto en hojas. Por
alguna extraña razón supuse que iba a darme un premio.
El euroasiático de camisa blanca se me acercó. Tenía
en
el rostro la misma pasividad de los japoneses. Sabía, sin
duda, que cuando llegasen las fuerzas del Kuomintang se
acabaría su vida, como se había acabado la de esas cincuenta
personas que yacían sobre la hierba del estadio.
--¿Está usted bien? --me preguntó. Luego de una pausa
inclinó la cabeza hacia el oficial japonés. Entonces, casi
como si acabara de ocurrírsele, dijo--: ¿Puede usted conducir
un camión?
--Sí... --La presencia de los japoneses armados hacía
inútil cualquier otra respuesta. En realidad yo no había
manejado ningún vehículo desde el comienzo la guerra, y antes
solamente el auto Plymouth de mi padre.
--Claro que podemos. --El propietario del garaje, ya
recuperado del susto, se nos había acercado. Se volvió para
mirar a nuestros cuatro compañeros, separados ahora de
nosotros por el trecho de cadáveres.-- Ambos podemos manejar,
yo soy un mecánico con experiencia. ¿Quiénes son todas
esas
personas? ¿Qué les pasó?
--Necesitamos dos conductores --dijo el intérprete--.
¿Conocen el cementerio protestante en Soochow?
--No, pero podemos encontrarlo.
--Muy bien. Son sólo noventa kilómetros, cuatro horas,
luego quedan en libertad. Lleven a esa gente al cementerio
protestante.
--De acuerdo. --El propietario del garaje había vuelto a
aferrarme el hombro, esta vez para que no se me ocurriera
cambiar de idea, aunque yo ya no tenía intenciones de
hacerlo.-- Pero ¿quiénes son?
El intérprete parecía haber perdido interés. Los
soldados japoneses ya estaban bajando las puertas traseras de
los camiones. --Varias cosas --dijo, palmeándose la camisa
blanca--. Algunas enfermedades, los aviones
norteamericanos...
Una hora más tarde habíamos cargado los cincuenta
cadáveres en los dos camiones y, luego de una vuelta de
prueba alrededor del estadio, habíamos partido en dirección
a
Soochow.
Al recordar esas primeras horas de libertad avanzando juntos
por el paisaje vacío, cincuenta kilómetros al sudeste de
Shanghai, me sorprende hasta qué punto habíamos olvidado ya
a
los pasajeros cuyo destino había posibilitado esa libertad.
Claro que ni Hodson, el propietario del garaje, ni yo,
teníamos la menor intención de viajar a Soochow. Como vi
mientras los seis cargábamos los últimos cadáveres en
su
camión, su única ambición era doblar hacia Shanghai en
el
primer camino y abandonar el camión y su contenido en una
calle lateral... o, en todo caso, si sufría un repentino
ataque de humanidad, delante de la embajada suiza. En
realidad mi principal temor era que Hodson me dejase a merced
de alguna patrulla japonesa antes que yo pudiese dominar los
cambios y la pesada dirección del camión.
Por fortuna todos estábamos tan cansados del esfuerzo de
cargar los cuerpos que los japoneses no se habían dado cuenta
de mis torpes afanes para poner en marcha y controlar el
camión, y en media hora conseguí mantenerme a una constante
distancia de cincuenta metros detrás de Hodson. Ambos
vehículos iban cubiertos de etiquetas militares pegadas a los
parabrisas y a los guardabarros: esas etiquetas presuntamente
garantizarían nuestro pasaje si nos encontrásemos con
unidades japonesas. Dos veces pasamos al lado de un pelotón
sentado en las vías férreas con las mochilas y los rifles,
esperando un tren que no llegaría nunca, pero fuera de eso el
paisaje estaba desierto, sin ningún chino a la vista. Pero,
prudentemente, Hodson siguió la ruta a Soochow señalada en el
mapa de carreteras que nos había dado el intérprete
eurasiático.
Yo me alegraba de hacer ese rodeo antes de llegar a
Shanghai; no deseaba meterme en el centro de la ciudad,
camino al campo de mis padres, con el camión cargado de
cadáveres. Al pasar los suburbios occidentales de la ciudad
saldría de la carretera de Soochow, doblaría hacia el norte
y
entregaría el vehículo al primer puesto de comando aliado --
nuestra flamante libertad me había convencido de que la
guerra habría finalmente terminado para la tarde-- y
completaría a pie el corto viaje hasta el campo de mis
padres.
Me mareaba la perspectiva de verlos en literalmente unas
pocas horas, luego de todos esos años. Durante los tres días
que habíamos pasado en los cuarteles de la gendarmería casi
no nos habían dado nada de comer, y yo ahora picoteaba el
arroz hervido que iba en la cesta de mimbre a mi lado, en el
asiento. Ni siquiera los cadáveres cuyos pies y rostros
saltaban debajo del encerado del camión de Hodson conseguían
arruinarme el apetito. Mientras cargaba los cuerpos en los
dos camiones me di cuenta en seguida de que la mayoría eran
bastante carnosos, mucho mejor alimentados que cualquiera de
de nuestro campo. Probablemente los habían encerrado en algún
centro de internación especial, y habían tenido la mala
suerte de sufrir los ataques aéreos norteamericanos.
Al mismo tiempo la ausencia, con pocas excepciones, de
heridas o de señales de violencia, insinuaba una o dos
posibilidades inquietantes: plaga, tal vez, o una epidemia
repentina. Manejando el volante con una mano y comiendo con
la otra, levanté un poco el pie del pesado acelerador,
aumentando ligeramente la distancia que me separaba de
Hodson. A pesar de todo no me preocupaban demasiado esos
cuerpos. Ya había muerto demasiada gente dentro y alrededor
de nuestro campo. El hecho de cargar esos cadáveres en los
camiones había puesto entre ellos y yo una cierta distancia
mental. Manejar todos esos cuerpos, levantar brazos y piernas
tiesos, empujar nalgas y espaldas sobre las puertas traseras
de los camiones, había sido como una prolongada lucha cuerpo
a cuerpo con un grupo de extraños, una especie de intimidad
forzada que me absolvía de todo futuro contacto u obligación.
Una hora después de salir del estadio, cuando habíamos
recorrido unos quince kilómetros, Hodson comenzó a aminorar
la velocidad; su camión traqueteaba sobre el camino poceado
poco más que a paso de hombre. A menos de un kilómetro del
río habíamos entrado en un paisaje inundado por aguas pardas,
estancadas. Hacia todas partes se extendían canales
descuidados y arrozales anegados, y el camino era ahora poco
más que una serie de arrecifes estrechos. Los campesinos
desaparecidos habían construido sus túmulos funerarios en los
bordes del camino, y las puntas de los féretros baratos
asomaban como cajones en la tierra lavada por la lluvia,
alacenas saqueadas por el paso de la guerra. Del otro lado de
los arrozales vi una barrera de buques hundidos que bloqueaba
el río: las chimeneas y los puentes asomban en la marea
crecida. Pasamos por delante de otra aldea abandonada, y
luego del fuselaje verde de un avión de reconocimiento
derribado por los norteamericanos.
Delante de mí, a tres metros de distancia, el camión de
Hodson avanzaba a los tumbos; los cadáveres cabeceaban
vigorosamente, como durmientes que comparten un sueño. De
pronto Hodson se detuvo y saltó de la cabina.
Apoyó el mapa en la capota de del motor de mi camión y
luego señaló el ancho canal que habíamos estado siguiendo
durante los últimos diez minutos. --Tenemos que cruzar esto
para llegar a la carretera principal. Más adelante hay un
puente-esclusa. Parece demasiado pequeño como para que lo
hayan bombardeado.
Con sus manos fuertes empezó a arrancar las etiquetas
pegadas a los guardabarros y al parabrisas de mi camión.
Aunque estaba flaco y desnutrido, parecía fuerte y agresivo.
Era evidente que la experiencia de volver a conducir un
vehículo le había devuelto la confianza. Vi que había
estado
tomando generosamente de la botella de saki.
Se inclinó debajo de la puerta trasera del camión y
palpó el neumático interior izquierdo. Yo había notado
que el
vehículo se inclinaba cuando llegamos al canal.
--Se está desinflando, y no tenemos una maldita rueda de
auxilio. --Se enderezó y observó la parte trasera del camión,
y con un solo movimiento de brazo apartó el encerado, como un
funcionario de aduana que pone al descubierto un cargamento
sospechoso. Miró con aprobación los cuerpos apilados unos
sobre otros.
--Muy bien, descansamos aquí y terminamos la comida,
luego buscamos el puente. Primero aliviemos un poco nuestra
tarea.
Antes que yo pudiese abrir la boca fue al camión y tomó
por los hombros a uno de los cadáveres. Tiró de él
arrancándolo de la pila y lo arrojó de cabeza en el canal.
Pertenecía a un hombre de piel pecosa, de poco más de treinta
años, y a los pocos segundos volvió a la superficie del agua
parda y lentamente se alejó entre las cañas.
--Vamos, ahora le toca a la monja. --Mientras la
levantaba, gritó por encima del hombro:-- Empieza con los
tuyos. Deja unos pocos por las dudas.
Diez minutos más tarde, mientras estábamos con las
botellas de saki en la orilla del canal, había en el agua
unos veinte cadáveres que se alejaban lentamente en la
corriente perezosa. El esfuerzo de descargarlos casi me había
agotado, pero los primeros sorbos de saki, casi tan
embriagadores como el arroz hervido que había comido,
entraron rápidamente en mi torrente sanguíneo. Ya no me
perturbaba la manera brusca en que nos habíamos desembarazado
de nuestros pasajeros... aunque, curiosamente, mientras
estaba en la parte trasera del camión arrastrando los cuerpos
al suelo me había descubierto haciendo algún tipo de
selección. Había retenido los tres niños y la mujer madura
que podría haber sido su madre, y tirado al agua la pareja
china y la vieja de la herida en la mandíbula. Pero todo eso
no importaba nada. Lo único que importaba era encontrar a mis
padres. Para mí estaba claro que los japoneses no habían
dicho seriamente que llevásemos los cuerpos al cementerio
protestante de Soochow: las dos monjas demostraban que todo
eso no era más que un truco, un truco que los liberaba de
algún apuro local antes que los norteamericanos aterrizasen
en el campo de aviación.
Hodson estaba dormido al lado del camión. Su botella de
saki siguió a los cadáveres canal abajo. Después de arrojarle
algunas piedras, pasé la hora siguiente mirando los rastros
de vapor de los aviones norteamericanos y pensando con
creciente optimismo en el futuro, y en el encuentro con mis
padres y mi hermana luego, esa tarde. Nos mudaríamos de
vuelta a nuestra casa en la concesión francesa. Mi padre
reabriría su negocio de corretaje, y sin duda me llevaría
como ayudante. Tras años de guerra, Shanghai volvería a ser
una ciudad próspera... todo retornaría a la normalidad.
Esta agradable fantasía me sostuvo después que Hodson se
despertó un poco aturdido y trepó a gatas a la cabina, y
mientras arrancábamos en nuestros camiones aligerados. Yo
empezaba a tener hambre de nuevo, y lamenté haberme comido
todo el arroz, teniendo en cuenta que Hodson había tirado el
suyo al canal. Pero entonces oí que Hodson gritaba diciéndome
algo. Señalaba el puente-esclusa, cien metros más adelante.
Cuando llegamos allí descubrimos que no éramos los
únicos que esperaban cruzar.
Detenido en las cercanías del puente había un auto
patrullero japonés camuflado, sin nadie que custodiase la
ametralladora liviana. Cuando nos detuvimos, la dotación de
tres hombres había subido al puente y trataba de cerrar las
compuertas que nos permitirían pasar al otro lado. Al vernos
llegar, el sargento a cargo de la patrulla se nos acercó,
observando las pocas etiquetas que Hodson no había arrancado
de los camiones. Bajamos de las cabinas mientras el sargento
inspeccionaba nuestra carga sin hacer comentarios. Le dijo a
Hodson algunas palabras en japonés, y nos indicó por señas
que lo acompañásemos al puente.
Al mirar las esclusas vimos en seguida qué era lo que
había bloqueado los puentes e impedido que cerraran las
compuertas. Apretados contra las aberturas había más de una
docena de los cadáveres que Hodson y yo habíamos arrojado al
canal una hora antes. Formaban una especie de colchón, con
los brazos y las piernas entrelazados, unos boca abajo y
otros mirando el cielo.
Me sobresalté al descubrir que los conocía a todos.
Volví a tener aquel presentimiento de muerte --aunque no de
la mía, ni de la de aquellas criaturas ahogadas-- que me
había acosado tantas veces en los últimos días, y miré
a
Hodson y a los tres japoneses tal vez esperando de ellos una
satisfacción inmediata de esa necesidad.
--Bueno, ¿qué quieren? --Hodson discutía agresivamente
con el sargento japonés, que por algún motivo me estaba
gritando con voz que de pronto se había vuelto estridente.
Quizá pensaba que yo, por razones personales, podría acatar
sus instrucciones. Le miré el rostro y los hombros flacos,
las muñecas que eran poco más que unos palillos, sabiendo muy
bien que tenía tanta hambre como yo.
--Creo que quieren que los saquemos --le dije a
Hodson--. De lo contrario no podremos atravesar el canal.
Saben que nosotros los tiramos al agua.
--Por Dios... --Exasperado, Hodson se abrió paso entre
los japoneses y bajó gateando por la orilla del canal.
Hundido hasta la cintura entre los cadáveres, comenzó a
echarlos afuera con brazos fuertes. --¿No van a ayudarnos?
--gritó, apesadumbrado, viendo que los japoneses no hacían
ningún esfuerzo por moverse.
No hace falta decir que Hodson y yo nos vimos obligados
a sacar solos los cuerpos, que quedaron en la orilla como un
grupo de bañistas cansados, en un extraño sentido casi
refescados por el viaje en el canal. Las aguas habían
limpiado la sangre de la herida del maxilar de la anciana, y
por primera vez vi la imagen de una personalidad nítida. La
luz del sol alumbraba la hilera de rostros húmedos,
iluminando las manos y los tobillos expuestos.
--Bueno, ahora podemos cruzar. --Mirándose los
pantalones empapados mientras los japoneses cerraban las
esclusas, Hodson me dijo:-- Sigamos adelante. Los dejaremos
aquí.
Yo miraba el rostro de la anciana; la imaginaba hablando
conmigo, tal vez de su infancia en Inglaterra o de sus largos
años misioneros en Tientsin. A su lado, los hábitos lavados
de la monja eran de un negro casi espectral, y le daban a la
piel blanca de las manos y del rostro una luminosidad
extraordinaria. Yo estaba a punto de seguir a Hodson cuando
noté que los japoneses también miraban los cuerpos. Todo lo
que yo veía era su intensa hambre, como si desearan
fervientemente convertirse en mis pasajeros.
--Pienso que deberíamos ponerlos de vuelta en los
camiones --le dije a Hodson. Por suerte, antes que éste
pudiese protestar se nos acercó el sargento, indicándonos con
la pistola que empezásemos a trabajar.
Hodson me ayudó a cargar los primeros diez cadáveres en
la caja de mi camión. Luego, sin poder contener más la rabia,
tomó la botella de saki de la cabina, se abrió paso entre los
japoneses y subió a su camión. Mientras me gritaba algo,
arrancó, fue hasta el puente y siguió adelante por la otra
orilla del canal.
Durante la media hora siguiente continué cargando mi
vehículo, deteniéndome a descansar unos pocos minutos después
de acomodar cuidadosamente cada cuerpo. El esfuerzo de
arrastrarlos por la orilla y levantarlos hasta el camión casi
me agotó, y cuando terminé el trabajo me quedé diez minutos
sentado al volante, aturdido. Los japoneses miraron sin hacer
comentarios mientras yo ponía en marcha el motor y arrancaba
hacia el puente con esa pesada carga.
Por fortuna, la rabia ante Hodson me reanimó en seguida.
Apretaba el volante con fuerza en ambas manos, tocando el
parabrisas con la frente cada vez que el vehículo
sobrecargado retumbaba en el tosco camino del canal. Que se
hubiese llevado mi saki no tenía ninguna importancia, pero
dejarme con más cadáveres de los que me correspondían,
sin
mapa en ese laberinto anegado... Cuando todavía no había
recorrido un kilómetro después de dejar a los japoneses,
estuve tentado de detenerme y descargar en el agua una docena
de cuerpos --tenía en la cabeza una idea muy clara de cuáles
eran de Hodson y no míos--. Sólo les permitiría seguir
a
bordo a la monja y a la anciana. Pero sabía que si me detenía
perdería todas las esperanzas de alcanzar a Hodson.
Allá adelante, por encima de los campos de caña de
azúcar sin segar, vi los postes y los desordenados cables
telegráficos que señalaban una de las principales rutas a
Shanghai. Aceleré hacia ese lugar, mientras el vehículo se
balanceaba a un lado y a otro avanzando por la huella de
tierra. A mis espaldas los cuerpos se deslizaban de aquí para
allá como si estuvieran disputando una inmensa pelea,
golpeando con las cabezas los bordes del camión. Pasaba poco
del mediodía, y había invadido la cabina un hedor potente
pero no del todo desagradable. A pesar de su evidente origen,
parecía de algún modo refractado y amplificado por los olores
de mi propio cuerpo, casi como si mi hambre y mi cansancio
catalizaran el proceso de putrefacción. Una plaga de moscas
había caído sobre el camión, y cubría la superficie
de afuera
de la ventanilla posterior, detrás de mi cabeza, así que no
podía ver si los japoneses me seguían en el patrullero.
Todavía veía la profunda sensación de pérdida
que se les
notaba en los ojos mientras observaban mi partida, y casi
lamentaba no haberlos traído conmigo. Lejos de ser yo su
prisionero, eran ellos quienes de algún modo pertenecían a
los cuerpos que yo llevaba allí detrás.
Antes de llegar a la carretera principal de Shanghai
empezó a hervir el agua del radiador, y perdí media hora
esperando a que se enfriase. Para aliviar el motor, decidí
deshacerme de los cuerpos de Hodson. Ahora ya no tenía
posibilidades de alcanzarlo; casi seguramente estaría
entrando velozmente en los suburbios de Shanghai, ansioso por
echarle una primera mirada a su garaje. Yo de algún modo me
las arreglaría para encontrar el campo de mis padres.
Trepé a la caja del camión y caminé en puntillas entre
los cuerpos apilados. Al mirar los rostros amarillentos que
había a mis pies me di cuenta de que los reconocía a casi
todos: las monjas y la pareja china, la anciana y los tres
niños, un joven delgado más o menos de mi edad con la mano
izquierda amputada, una mujer embarazada, de poco más de
veinte años, vagamente parecida a mi hermana. Esos formaban
parte de mi rebaño, mientras que los intrusos de Hodson eran
tan nítidamente reconocibles como si perteneciesen a un clan
rival. Su jefe era sin duda un hombrecito de edad avanzada y
pecho tan lampiño como el de un mono gris, y ojos penetrantes
que habían parecido seguirme todo el día mientras lo sacaba
y
lo ponía en los camiones.
Me incliné para agarrarlo de los hombros, pero por algún
motivo mis manos no pudieron tocarlo. Tuve otra vez ese
presentimiento de muerte que me había dominado tantas veces;
estaba en todas partes, rodeándome: en el canal al borde del
camino, en los campos de caña de azúcar y en los distantes
alambres del telégrafo, hasta en el zumbido de los aviones
norteamericanos que pasaban por encima. Sólo éramos inmunes
yo y los pasajeros a bordo de ese camión.
Intenté levantar otro de los cadáveres, pero mis manos
volvieron a agarrotarse, y de nuevo tuve el mismo
presentimiento, un muro que nos cercaba como la valla de
alambre que rodeaba nuestro campo. Miré la nube de moscas que
cubría mis manos y los rostros de los cuerpos que estaban
entre mis pies, aliviado de no tener que verme otra vez
obligado a hacer distinciones entre nosotros. Arrojé el
encerado al canal, para que el aire les tocase los rostros
durante el viaje. Después que se enfrió el motor volví
a
llenar el radiador con agua del canal, y arranqué rumbo al
oeste.
No me sorprendí cuando, una hora más tarde, me encontré
con el camión de Hodson, y pude completar mi lista de
pasajeros.
A donde había ido el propio Hodson nunca pude saberlo.
Después de andar unos ocho kilómetros por la carretera a
Shanghai, tras otras dos pausas para hacer descansar el
motor, encontré el camión abandonado junto a una barricada
japonesa. En la bruma de la tarde la superficie de la
carretera parecía salpicada de granos de oro, nódulos de luz
brillante reflejados por cientos de cápsulas servidas. Los
japoneses habían librado allí una vigorosa batalla, quizá
contra alguna patrulla intrusa de tropas del Kuomintang. En
la zanja para tanques cavada en la carretera había cinturones
y cajas de municiones vacías. Incapaz de sortear ese
obstáculo, Hodson probablemente había seguido a pie.
Me detuve al lado de su camión abandonado, escuchando
los latidos roncos de mi motor en el aire desierto. Cien
metros a mis espaldas, un estrecho camino atravesaba un campo
de caña de azúcar en dirección al oeste; con suerte me
acercaría un poco más a Shanghai.
Pero antes tenía que cargar a mis pasajeros adicionales.
Mientras sacaba la docena de cadáveres del camión de Hodson
y
los ponía en el mío, tuve más de una vez ganas de abandonar
la empresa y continuar a pie detrás de Hodson. Pero cuando
salimos de la carretera y nos metimos por el camino entre los
campos de caña de azúcar sentí una curiosa clase de consuelo
por estar todos juntos, casi una sensación de seguridad ante
la presencia de mi "familia". Al mismo tiempo aún persistía
en mí el impulso de deshacerme de ellos, y si se presentase
la oportunidad --el paso de un vehículo del Kuomintang que
podría acercarme a algún lado-- los habría abandonado
sin
dudar. Pero dentro de ese paisaje vacío proporcionaban al
menos un elemento de seguridad, en especial si me cruzaba con
una patrulla japonesa hostil. Además, por primera vez había
empezado a tener hacia ellos un sentimiento de lealtad, y la
sensación de que ellos, los muertos, estaban más vivos que
los vivos que me habían abandonado.
El sol de la tarde había comenzado a ponerse. Desperté
en la
cabina del camión y descubrí que me había quedado dormido
al
borde de un ancho canal cuya superficie parda se había vuelto
casi carmesí al debilitarse la luz. Delante de mí estaba la
entrada de un pueblo vacío, los edificios de una sola planta
ocultos por las frondas oscuras de la caña de azúcar
silvestre. Yo había estado perdido toda la tarde en un mundo
dorado, siguiendo el sol que se alejaba sobre los arrozales
anegados y las aldeas silenciosas. Tenía la certeza de que
había recorrido unos treinta kilómetros: ya no se veían
en el
horizonte los edificios de departamentos de la concesión
francesa.
Mi último intento de liberarme de los cadáveres tuvo
lugar esa noche. A la hora del crepúsculo bajé de la cabina
y
caminé entre la caña de azúcar, quebrando los troncos
y
chupando la médula dulce. Desde la caja del camión los
cadáveres me observaban como un coro hostil, la cabeza
inclinada, intercambiando confidencias furtivas. Al principio
también a mí me ofendió ese alimento que me corría
por el
cuerpo, por escaso que fuese. Pero al recuperarme, apoyado en
la parrilla del radiador del camión, sentí la súbita
tentación de soltar el freno de mano y empujar al vehículo al
canal ensangrentado. Por dedicarme a ese lunático grupo de
pasajeros, llevándolos del estadio de fútbol a un destino que
ellos no habían buscado, había perdido la oportunidad de ver
a mis padres ese día.
Protegido por la oscuridad --no me habría atrevido a
cometer ese acto a la luz del día-- volví al camión y
empecé
a sacar los cuerpos uno por uno y a tirarlos en el camino.
Nubes de moscas rondaban a mi alrededor, como tratando de
alertarme sobre la locura de lo que estaba haciendo. Agotado,
arrastraba y dejaba caer los cuerpos como si fuesen bolsas
mojadas, evitando despiadadamente los rostros de las monjas y
de los niños, del joven amputado y de la anciana.
A esa altura, cuando casi había destruido todo lo que
las circunstancias me habían permitido lograr, me salvó la
llegada de un grupo de bandidos. Marineros mercantes
norteamericanos armados, Kuomintang renegados y ayudantes
traidores de los japoneses, llegaron en sampanes y ocuparon
rápidamente el pueblo. Demasiado cansado para escapar de
ellos, me agaché detrás del camión, mirando cómo
esos hombres
fuertemente armados avanzaban hacia mí. Por alguna razón,
aunque sabía que me matarían, no notaba aquel presentimiento
de muerte.
En el último momento, cuando ya estaban a menos de diez
metros de distancia, me tendí en la oscuridad entre el
círculo de cadáveres, ocupando un lugar entre la monja joven
y la anciana. Se detuvo la feroz bandada de millares de
moscas, y oí el pesado andar de los bandidos y los ruidos de
sus armas. Tendido allí en la oscuridad, en el círculo de
muertos, vi que se detenían y miraban dentro del camión, los
brazos alzados a la altura de la boca. Como no podían
acercarse a nosotros esperaron unos minutos y luego
regresaron al pueblo. Estuve toda la noche tendido en el
círculo de cadáveres, mientras los bandidos andaban de casa
en casa pateando las puertas y rompiendo los muebles. Hacia
el amanecer vinieron dos de los soldados del Kuomintang y se
pusieron a revisar los bolsillos de los muertos. Mientras
miraba el cielo, los oí jadear a mi lado, y sentí sus manos
en los muslos y en las nalgas.
Al amanecer, cuando se marcharon en sus sampanes
motorizados, volvieron las moscas. Me levanté y miré como
subía el sol entre los oscuros bosques de caña de azúcar.
Mientras esperaba a que su disco me tocase, invité a mis
acompañantes a ponerse de pie.
Desde ese momento, durante los días confusos de mi viaje
al
campo de mis padres, me sentí totalmente identificado con mis
compañeros. Ya no intentaba huir de ellos. Mientras
recorríamos juntos aquel paisaje de guerra y sus
consecuencias, entre innumerables canales y aldeas desiertas,
no sabía bien si esa aventura había comenzado hacía unas
pocas horas o muchas semanas. Ahora tenía casi la certeza de
que la guerra había terminado, pero la campiña seguía
estando
vacía; sólo la inquietaba el ruido de los aviones
norteamericanos que pasaban por encima.
Durante gran parte del tiempo anduve hacia el oeste,
siguiendo el río, presencia distante y ahora única referencia
para orientarme. Manejaba cuidadosamente por los caminos
rotos que dividían los arrozales, deseando no molestar a los
pasajeros que llevaba detrás. Eran ellos quienes me habían
salvado de los bandidos. Sabía que en algún sentido yo era su
representante, el instrumento del nuevo orden que ellos
habían delegado en mí para que yo lo trajese al mundo. Sabía
que ahora tendría que enseñarles a los vivos que mis
acompañantes no eran simplemente los muertos, sino los
últimos muertos, y que pronto el planeta entero compartiría
la nueva vida que ellos habían ganado para nosotros.
Un pequeño ejemplo de esa comprensión era que yo ya no
deseaba comida. Miraba desde la cabina del camión los
extensos campos de caña de azúcar junto al río, sabiendo
que
ya no sería necesaria esa cosecha, y que la tierra podría ser
cedida a las demandas de mis acompañantes.
Una tarde, después que una breve tormenta alejó del
cielo a los aviones norteamericanos, llegué a la orilla del
río. En algún momento se había librado una batalla en
ese
sitio, entre los muelles y las dársenas de una pequeña base
aérea naval japonesa. En el pueblo detrás de la base había
pozos llenos de rifles, y una pagoda que albergaba una
ametralladora antiaérea todavía intacta. Todos los pobladores
habían huido, pero descubrí sorprendido que no estaba solo.
Sentados codo a codo en un rickshaw que había sido
abandonado en la plaza central del pueblo había un anciano
chino y una niña de unos diez años que, supuse, era su nieta.
A primera vista daba la impresión de que habían alquilado el
rickshaw hacía unas pocas horas y venido a mirar ese pequeño
campo de batalla que yo estaba visitando. Detuve el camión,
bajé de la cabina y caminé hacia ellos, mirando alrededor a
ver si su coolie estaba presente.
Al acercarme, la niña bajó del rickshaw y se quedó
quieta al lado. Ahora yo veía que, lejos de ser un
espectador, el abuelo había sido seriamente herido en el
combate. Un pedazo grande de metralla había cortado el lado
del rickshaw y la cadera del anciano.
Le dije en chino: --Voy hacia la carretera de Soochow.
Si lo desea, usted y su nieta pueden venir con mis
acompañantes.
No me contestó, pero supe por su mirada que, a pesar de
sus heridas, me había reconocido en seguida, y entendido que
yo era el heraldo de todo lo que tenía delante. Por primera
vez entendí por qué había visto tan pocos chinos en los
últimos días. No se habían ido para siempre, sino que
estaban
esperando mi regreso. Sólo yo podía repoblar su tierra.
La niña y yo bajamos juntos por la rampa de cemento de
la base aérea naval. En las aguas profundas del muelle
estaban las formas sumergidas de cientos de autos arrebatados
a los nacionalistas aliados en Shanghai y arrojados allí por
los japoneses. Descansaban en el lecho del río, casi diez
metros por debajo de la superficie, elementos de un mundo
pasado que nunca podría reconstituirse ahora que yo y mis
acompañantes, esa niña y su abuelo habíamos tomado posesión
de la tierra.
Dos días más tarde habíamos llegado a las
cercanías del campo
de mis padres. Durante el viaje la niña fue sentada a mi lado
en la cabina del camión, mientras el abuelo iba cómodamente
allí atrás, con mis acompañantes. Aunque la niña
se quejaba
de que tenía hambre, yo le expliqué pacientemente que la
comida ya no nos resultaba necesaria. Por fortuna pude
distraerla señalándole las diferentes marcas de aviones
norteamericanos que atravesaban el cielo.
Después que llegamos a la carretera de Soochow el
paisaje cambió. Cerca del Yangtsé habíamos entrado en
una
zona de viejos campos de batalla. En todas partes los chinos
habían salido de sus escondites y esperaban mi llegada.
Estaban en los campos alrededor de las casas, moviendo las
piernas en el agua que rezumaban los arrozales. Me observaban
desde los terraplenes de las zanjas para tanques, desde los
túmulos funerarios y desde las puertas de las casas
arruinadas.
A mi lado, la niña dormía a intervalos en el asiento.
Sin ningún temor a avergonzarla, detuve el camión y me saqué
las ropas andrajosas, dejándome sólo una tosca venda en un
brazo para cubrir una pequeña herida. Desnudo, me arrodillé
delante del vehículo, alzando los brazos hacia mi
congregación reunida en los campos circundantes, como un rey
que recibe sus atributos en la ceremonia de coronación.
Aunque todavía era virgen, mostré mis genitales a los chinos
que me miraban tranquilamente desde los campos. Con esos
genitales fecundaría a los muertos.
Cada cincuenta metros, mientras iba hacia el lejano
tanque de agua del campo de mis padres, detenía el camión y
me arrodillaba desnudo ante su hirviente radiador. No se
veían señales de movimiento en el campo de prisioneros, y
ahora yo ya sabía lo que iba a encontrar allí.
La niña yacía inmóvil en mis brazos. Al arrodillarme
en
el centro de la carretera, preguntándome si sería hora de
ponerla con mis acompañantes, noté que todavía se le
movían
los labios. Sin pensar, dando rienda suelta a lo que entonces
vi como un impulso insensato, me arranqué un pequeño pedazo
de carne de la herida del brazo y se lo metí entre los
labios.
Alimentándola de esa manera, caminé con ella hacia el
campo, que estaba a pocos cientos de metros. La niña se
agitaba en mis brazos. Al mirar hacia abajo vi que sus ojos
se habían abierto un poco. Aunque no podía verme, parecía
darse cuenta de mis movimientos al caminar.
En las puertas del campo de prisioneros, en los tejados
de los bloques de dormitorios, en las calzadas de los
arrozales detrás de los alambres, había gente en movimiento.
Sus figuras venían hacia mí, avanzando metidas hasta la
cintura entre la raquítica caña de azúcar. Asombrado,
apreté
a la niña contra el pecho, sintiendo cómo mordía mi carne.
Desnudo, a cien metros del camión, conté una docena, veinte,
cincuenta internados, algunos seguidos por niños.
Al fin, a través de esa niña y de mi cuerpo los muertos
cobraban vida, levantándose en los campos y en las casas y
viniendo a saludarme. Vi a mi padre y a mi madre en la
entrada del campo de prisioneros, y supe que les había dado
mi muerte trayéndolos así a este mundo. Indemnes, habían
entrado en la comunidad de los vivos, y de los que viven más
allá de los muertos.
Ahora sabía que la guerra había terminado.
Título original: "The Dead Time"
Del libro Myths of the Near Future
(c) J. G. Ballard 1982
Traducción de Marcial Souto