El alfajor

Por Fernando Bonsembiante


'Gómez, pase a dar lección' dijo la vieja de geografía. Gustavo Gómez hizo como que no la había escuchado y siguió haciendo rayitas en la hoja de carpeta que tenía adelante. 'Gómez, no tenemos toda la tarde' 'disculpe, señora, no la escuché' 'Si oye mal, no se siente en la última fila... Ahora pase y deslúmbrenos con sus conocimientos sobre Portugal, es el tema de hoy, por si no lo recuerda.' Gómez se levantó despacio de su asiento, caminó cancheramente entre los bancos hasta llegar al frente de la clase. 'Bueno Gómez, primero díganos cuál es la capital de Portugal' Gustavo lo pensó medio segundo, y decidió que no quería exposición pública en ese momento. Le gustaba tener mucha gente escuchándolo hablar, pero prefería contar chistes y no hablar sobre lugares que no conocía y que jamás iba a conocer. Así que eligió terminar rápido. 'Madrid, señora, Madrid.' 'Siéntese, tiene un uno.' Gómez volvió con cara de triunfador a su asiento, y la profesora respiró aliviada. Esa vez, Gómez debía haber estado cansado, o quizá la charla pasada con el director había dado algún resultado. Recordaba la primera vez que lo había llamado al frente, si alguna vez había querido matar a uno de sus alumnos, había sido ese día. Siguió llamando al resto de los chicos que debían dar lección. Todos, más o menos, se acordaban de lo que decía el libro sobre Portugal, esas dos páginas que ella tenía enfrente suyo y controlaba constantemente para detectar un posible error de sus estudiantes.

Al fin sonó el timbre del recreo largo. Los chicos tenían quince minutos para portarse como salvajes y comprar en el quiosco. Estévez encaró hacia la fila de los que iban a buscar su merienda barata, pero no llegó. Gómez lo agarró del cuello, y lo hizo pararse frente a él. 'Estévez, te dieron plata tus viejos?' 'Muy poco, apenas me alcanza para comprar un alfajor' 'Perfecto, justo tengo ganas de comer un alfajor. Andá, hace la cola, y traémelo. Yo voy a estar sentado en la escalera con mis amigos' Estévez, resignado, caminó hacia el quiosco y esperó su turno para comprar. Mientras tanto, Gómez hablaba a los gritos con un grupo de sus seguidores. Estévez pensaba que en algun momento iba a ser aceptado en ese grupo como uno más, sólo tenía que aguantarle un poco a Gómez esas cosas. Ir a comprar alfajores, hacerle la tarea, ir a robar tizas a las aulas vacías, esas cositas que Gómez le pedía cada tanto, dos o tres veces por día. Al rato tenía su alfajor, y se lo llevó a Gómez. 'Vos sos idiota, o me estás cargando' dijo Gómez al ver el alfajor. Estévez se quedó callado, mirando el alfajor, sin entender. 'Me parece que son las dos cosas. Sos idiota y me estás cargando.' Estévez seguía callado y Gómez levantaba la voz cada vez más. 'No vés, no te dás cuenta?' 'Estee... no se...' 'No se, no se... ves que sos un pelotudo, ignorante, además tenés mala leche, sos un verdadero hijo de puta, cómo me vas a hacer esto a mí, debería pegarte' dijo y puso acción a sus palabras, dándole un buen cachetazo que casi le da vuelta la cara a Estévez. Siguió insultándolo por un buen rato. 'No ves, el alfajor que compraste, no es Jorgito, es otro, este no me gusta, es un alfajor para maricones, es el tipo de alfajor que comerías vos, no yo, yo sólo como Jorgito, no me vengas con estas porquerías...' y siguió un buen rato más, matizando sus palabras con un golpe de vez en cuando. 'Si querés voy y te lo cambio' dijo Estévez, tratando de arreglar la cosa en lo posible. 'No, eso no, ahora te lo vas comer todo vos, pero yo te lo voy a dar, abri la boca.' Estévez abrió la boca obedientemente. Gómez escupió en el alfajor, y lo metió entero en la boca de Estévez. 'Ahora tragalo' Estévez empezó a toser, se puso rojo, no podía respirar. Al final vino el preceptor. 'Nosotros le dijimos que coma despacio, ahora se atragantó, es un idiota' dijo Gómez mientras el preceptor se llevaba a Estévez.

Esa misma noche, en su casa, Estévez se prometió que nunca más iba a ser la víctima de Gómez. Por eso, cuando estaban todos dormidos, salió de la casa, fue al garaje y sacó un bidón de aguarrás que su padre tenía guardado de la última vez que pintaron. Fue a la casa de Gómez, y se paró al lado de la ventana de su compañero del colegio. Miró por la ventana, y lo vio durmiendo como un angelito. Empujó el vidrio y se abrió despacio, sin ruido. Luego entró, roció la cama con aguarrás y le tiró un fósforo encendido. Los padres de Gómez se despertaron con los gritos de su hijo. Apagaron el fuego, pero no pudieron salvarle la vida. Estévez estaba todavía parado al lado de la cama, con una sonrisa en la cara, la misma sonrisa que todavía tiene, veinte años después, acá, internado en el neuropsiquiátrico.



 

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